El 15 de julio se cumplirán 100 años del nacimiento de Emilio Adolfo Westphalen, uno de los pilares de la poesía peruana moderna, al lado de José María Eguren, César Vallejo, Martín Adán y César Moro. Inés, hija mayor de Westphalen y quien radica en México, comenta algunas de las actividades conmemorativas de su centenario aquí, entre ellas la publicación de su poesía completa y la correspondencia con José María Arguedas, cuyo centenario también se celebra este año.
Emilio Adolfo Westphalen era ya un poeta legendario cuando llegó a México en mayo de 1977 para ocupar la posición de consejero cultural en la embajada peruana. En esa función se desempeñaría durante tres años, hasta comienzos de julio de 1980, fecha en que concluyó su encargo.
Su fama se debía a dos breves libros de poesía: Las ínsulas extrañas, que se publicó en 1933, a los 22 años de edad, y Abolición de la muerte, impreso en 1935. Cada uno de ellos con un tiraje de 150 ejemplares y cada uno con nueve poemas, parte de los cuales figuraba en la mayor parte de las antologías de poesía hispanoamericana.
Por supuesto, no fue su número, sino su enorme calidad lo que hizo destacar a su autor en el vasto y variado conjunto de la poesía de la lengua española.
Acaso contribuyó a acrecentar su leyenda el prolongado silencio que siguió a ambos volúmenes –más de 40 años–; con frecuencia se recordaban, al referirse a él, los casos de Arthur Rimbaud y de Juan Rulfo, quienes también callaron luego de escribir dos libros.
En México habría de romperse ese silencio: en abril de 1980 el Fondo de Cultura Económica (FCE) publicó Otra imagen deleznable, libro que conjunta aquellos títulos iniciales más un inédito: Belleza de una espada clavada en la lengua, que refrendó el sitial de Westphalen como uno de los principales poetas de la América hispana.
Pero la relación de Westphalen con nuestro país no se reduce a la gestión que hizo como diplomático ni, como se verá poco más adelante, a esa edición. Data de muy largo tiempo y constituye una historia tan interesante como ilustrativa de lo que ha sido el comercio cultural e intelectual entre México y Perú. Sobre ella habla Inés Westphalen Ortiz, la mayor de las dos hijas del poeta –la menor, Silvia, vive en Lima–, maestra en semiolingüística por la Universidad de París y especialista en ciencias del juego, quien vive en México desde 1988 y escribe desde hace dos años la biografía de su padre.
“¿Cómo comienza la relación de mi padre con México? –medita Inés–. Quizá podría decirse que con su interés por la Revolución Mexicana. En una entrevista que le hicieron hacia 1990 le pidieron que hablara de sus lecturas tempranas y él recordó las noticias que leía en los periódicos con su abuela Mariela Barbagelata sobre la Revolución Mexicana. Para él fue un acontecimiento tan impresionante como la Primera Guerra Mundial.
“A partir de ese interés por lo ocurrido en México debe haber leído y visto muchas otras cosas, libros de Mariano Azuela, Alfonso Reyes y José Vasconcelos, ilustraciones de Diego Rivera, poemas de Nervo, Díaz Mirón y López Velarde. Fue un gran lector desde muy joven, y desde muy joven interesado en la poesía.”
–En un ensayo extenso, “Poetas en la Lima de los años treinta”, su papá habla de una “larga lista de poetas que contribuyeron a abrirme el horizonte” y menciona entre ellos a Gilberto Owen, a quien conoció en Lima en 1931, cuando Owen llegó como parte de la legación mexicana.
Westphalen tenía apenas 20 años de edad.
–Sí. En esa época Martín Adán tenía una especie de tertulia en su casa a la que asistían todos los poetas de la época. Y cuando Owen llegó a Lima, no tardó en hacerse buen amigo de Adán. Tanto, que llegaron a proyectar una publicación conjunta, aunque no se realizó. Es seguro que la cercanía de mi padre con Adán propició el encuentro con Owen y, seguramente, una “puesta al día” sobre la obra de los contemporáneos y la poesía de Owen (quizá libros como Línea o Novela como nube), quien, por lo demás, quedó deslumbrado por la belleza y carácter de una compañera de escuela de mi padre, Rosa Alarco, hija de una importante familia limeña que, andando el tiempo y desafiando a su familia, se convirtió en una destacada musicóloga y folclorista.
–Emilio Adolfo Westphalen era ya más que un poeta en ciernes.
–Ya había publicado, en 1929, algún ensayo en El Mercurio peruano; unos primeros poemas que luego desconoció y, en 1930, aquel “Magic World” (“Tengo que darles una noticia negra y definitiva/ Todos ustedes se están muriendo”) que escribe en inglés para la revista Front junto con su “Carta del Perú”. Desde entonces soñaba con sus amigos en la publicación de una “verdadera” revista literaria.
–Unos cuantos años después otro diplomático mexicano trabaría también una amistad importante con su padre: Moisés Sáenz, embajador de México en Perú durante más de seis años, de mediados de 1935 a finales de 1941.
–Creo que la relación con Moisés Sáenz, pedagogo e impulsor del indigenismo, fue muy importante por varias razones, y no sólo para mi padre. Aportó una experiencia casi inédita en el Perú, donde la gran mayoría de la población era quechuaparlante, pero totalmente marginada por la élite en el poder. El indigenismo apenas era incipiente en algunos círculos intelectuales, como el encabezado por el pintor José Sabogal, del cual eran partícipes varios de los integrantes de La Peña Pancho Fierro, y su creadora, Alicia Bustamante. Esa Peña no sólo fue un excepcional sitio de reunión por el que pasaron casi todos los intelectuales, investigadores y académicos que visitaron Perú en aquellos años, sino el escaparate de la cultura andina en Lima. José María Arguedas, gran escritor, amigo de mi padre desde 1932, tenía allí un papel fundamental, aunque yo no dejo de admirar la energía y empeño de su cuñada, Alicia, quien con su hermana Celia realizó una maravillosa tarea de difusión de las culturas indígenas del Perú, tanto al interior como al exterior del país.
“Sáenz se integró a La Peña y allí se hizo amigo de mi padre y de César Moro, entre muchos otros escritores y artistas. Fue promotor, desde Lima, del Primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en Pázcuaro, en 1940, al que asistieron Arguedas y Celia. Ese debe haber sido su primer viaje al extranjero, que les permitió encontrarse con Moro (quien se había marchado a México en 1938) y conocer, entre otros, a Wolfgang Paalen.
“Pero otra razón importante fue la cercanía de Sáenz al pensamiento del filósofo estadunidense John Dewey, que no sólo interesó mucho a mi padre, sino que fue el tema de tesis de licenciatura de mi madre.
“Además, como embajador de México, Sáenz contaba con un automóvil, algo muy excepcional en esos años, que permitió a varios de los integrantes del grupo hacer excursiones y viajes por el territorio peruano, que de otra manera era muy difícil realizar.
“Por su parte, Sáenz se interesó de veras en el Perú, que conoció particularmente bien –como lo prueban los libros que escribió– gracias a sus amigos.”
–Consta en los registros de “Publicaciones recibidas” que Alfonso Reyes hacía en su Monterrey, correo literario, que su padre le envió tanto Las ínsulas extrañas como Abolición de la muerte. Así comenzó su amistad. ¿Quiere hablarnos de ella?
–Creo que el envío de los libros de mi padre a Reyes muestra la seguridad que tenía sobre la calidad de su propuesta, así como un “desenfado” muy propio de sus 22 y 24 años. Acudió a quienes admiraba y consideraba que entenderían y gustarían de su poesía. En parte eso es lo que hizo la reputación de esos libros.
“Reyes debe haber expresado simpatía hacia mi padre y eso le dio alas para dirigirle una carta el 4 de marzo de 1937 en la que solicita su apoyo, puesto que, tras de sufrir más de un mes de prisión (Arguedas, Manuel Moreno Jimeno, Moro y mi padre hicieron una pequeña publicación en favor de la república española por la que fueron perseguidos, la mayoría estuvo en la cárcel) pensaba en expatriarse en México. Reyes le contesta: ‘Si no fuera por la ocasión que lo determina, me atrevería a decirle que estoy encantado de su carta, por cuanto supone de confianza en la estimación y en la amistad que desde hace tiempo me inclinan hacia usted.’
“Finalmente, mi padre abandonó la idea de venir a México. En cambio, quien sí vino fue César Moro.”
–¿Qué lo hizo desistir?
–Tal vez consideraron que Moro corría mayor peligro y decidieron que él se exiliara en México. Supongo que Moisés Sáenz facilitó la concreción del proyecto.
Moro tuvo grandes dificultades aquí, económicas, de trabajo y salud, pero también logros importantes por todas las conexiones que estableció, que le permitieron desde participar en la realización de la famosa exposición surrealista, hasta conocer al que sería su gran amor. La estancia de Moro aquí se prolongó 10 años (de 1938 a 1948) y fue muy valiosa tanto para la concreción de El uso de la palabra (1939) –revista planeada por ambos desde tiempo antes en Lima–, como para la realización de Las moradas (1947-1948), en la que hubo varias importantes colaboraciones de mexicanos como Reyes, Agustín Lazo, Leopoldo Zea, y de gente que radicaba aquí, como el nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez, Leonora Carrington, Eva Sulzer y Paalen.
–Su padre y su madre (la pintora Judith Westphalen) tuvieron siempre muchos amigos en México. Por lo cual es un poco extraño que no hayan venido a México sino hasta 1970, cuando se inauguró una gran exposición de ella en el Palacio de Bellas Artes.
–Ni mi padre ni nosotras venimos. Mi madre vino sola en esa ocasión. No conocimos México sino hasta 1977. Y, en efecto, siempre tuvieron amigos queridos aquí, como Juan Soriano, Diego de Mesa (con quien mi padre trabajó en la FAO, en Roma), Carmen y Álvaro Mutis, Bárbara Jacobs y Augusto Monterroso, José Luis Martínez, Ninfa Santos, Marie-José y Octavio Paz, Celia y Jaime García Terrés… Es imposible nombrar a todos.
–¿Cómo fue que el servicio exterior peruano lo designó para venir a México?
–Mi madre murió cuando vivíamos en Roma y eso decidió a mi padre a pedir su cambio de sede. Él quería regresar a América Latina y apareció la posibilidad de Cuba, que en esos años de Inti illimani y carteles del Che Guevara a las hijas nos parecía una excelente opción. Pero un día sonó el teléfono a altas horas de la noche y desde alguna oficina donde habían pasado por alto la diferencia de horarios entre Lima y Roma, nos dijeron que nuestro próximo destino era México.
–¿Dónde vivían? ¿Cómo era su vida cotidiana entonces?
–Vivíamos en Séneca 134, en Polanco, ya que desde nuestra estancia en Italia mi padre había dejado de manejar y quería ir a pie a su oficina. A mis poco más de 20 años me convertí en chofer de la familia. Sin mi madre, la vida cotidiana fue difícil. Especialmente al instalarnos. Desde tomar decisiones sobre escuelas y universidades hasta entender que las “tortas” (como llamamos en Perú a los pasteles) no eran tales. Había una persona que nos ayudaba en casa, pero al comienzo todo tenía un aire de novedad y de sorpresa.
“Creo que lo más importante de nuestra estadía en México fue que mi padre se relacionó mucho con el medio literario, y a la postre eso lo llevó a publicar Otra imagen deleznable.
“Mi padre nunca dejó de escribir del todo. (Lo prueban los ensayos y artículos que a lo largo de los años publicó en periódicos y revistas, y se hallan parcialmente reunidos en el libro que el FCE publicó en 1996: Escritos varios sobre arte y poesía.) Pero sí había dejado de escribir poemas, y me parece que a partir de nuestra estancia en México se revitalizó su actividad como poeta. En 1982 publicó dos nuevos libros: Máximas y mínimas de sapiencia pedestre y Arriba bajo el cielo, es en México donde, posteriormente, aparecerán diversos libros suyos: La poesía los poemas los poetas (ensayos); Viático, libro de poemas de la italiana María Venezia, que él tradujo; la edición autógrafa y artesanal de Ha vuelto la diosa ambarina, que luego publicaría también la Universidad Autónoma Metropolitana en una de sus colecciones.”
–¿Qué actividades se prevén para conmemorar el centenario de su nacimiento?
–Bueno, me alegra anunciar que en México la Dirección de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes publicará próximamente Simulacro de sortilegios, su poesía completa. Asimismo este año aparecerá, bajo el sello del FCE, la correspondencia de mi padre con Arguedas, cuyo centenario natal también se celebra este 2011. El fondo ha tenido la generosidad, además, de acoger una conferencia y una lectura que tendrán lugar el miércoles 27 y el jueves 28 de este mes, a las 18:30 horas en el auditorio de la librería Octavio Paz, en Miguel Ángel de Quevedo.
Todo esto muestra la importancia de la relación de mi padre con México, misma que sin duda se prolongará en el tiempo, ya que en este país radica parte de su familia, en particular Manuela y Bruno Límenes, que son justamente sus “nietos mexicanos”.








